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El Último de la Fila en el Monte do Gozo: el reencuentro con el hilo musical de nuestra vida

Texto: Judith Fernández
Foto: Diego Añon
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Crónica de una noche de resurrección emocional donde el tiempo se detuvo ante veinte mil gargantas y la inmortalidad de un repertorio único

Como en una historia de amor, pero a la inversa, el público acudió el pasado sábado a Santiago de Compostela para reencontrarse con la banda sonora de su juventud. Daba igual el cambio de ubicación de última hora o que los treinta años transcurridos desde su época dorada se dejasen notar en los asistentes en forma de menos pelo, algunas calvas y los inevitables achaques de la edad. Nadie estaba dispuesto a renunciar al grupo que puso música a los rincones más imborrables de su biografía. Tras la tormenta inicial que amenazaba la jornada, el cambio de luces en el escenario encendió una expectación eléctrica. No venía la calma, venía la catarsis: durante dos horas y media, miles de personas volvieron a ser los “rapaces” de hace unas décadas.

El bendito dilema de los himnos inmortales

 El Último de la Fila ofreció exactamente el festín que se esperaba y se deseaba. Con un sonido impecable y una puesta en escena poderosa, Manolo García y Quimi Portet desplegaron la mejor recopilación posible de su trayectoria. No se dejaron ningún éxito fuera, superando con nota ese difícil dilema de tener que elegir a cuál de tus hijos quieres más cuando todo el cancionero es impecable.

 El clímax de la noche se lo llevó, por goleada, una atronadora interpretación de “Insurrección”. El tema fue coreado con tanta rabia que el dúo catalán decidió regalarlo una segunda vez para cerrar el concierto, pero en una versión acústica. Manolo, Quimi, una sola guitarra y más de veinte mil voces desnudas bajo el cielo gallego se convirtieron en un final perfecto. Enumerar el repertorio a estas alturas es remover la memoria colectiva y colocar cada melodía en un año, una cara o un rincón de la vida; un viaje total donde no se echó en falta absolutamente nada.

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El tiempo pasa por nosotros, no por las canciones

Lo más asombroso de la cita fue comprobar que estábamos ante El Último de la Fila genuino, sin separaciones artificiales, cambios de nombre ni individualismos. Era el mismo directo al que hubiésemos podido acudir hace tres décadas: el mismo sonido compacto y los movimientos espasmódicos e icónicos de Manolo García que se reconocen a kilómetros de distancia. El paso de los años se reflejaba en los rostros de la pista, jamás en la música.

 La complicidad entre ambos se palpó en las pequeñas anécdotas e historias que compartieron desde las tablas. Manolo incluso se ganó al respetable saludando y dando la bienvenida en un dignísimo gallego, saliendo más que airoso del momento. Según confesaron, han tenido que pasar 34 años para volver a pisar un escenario en Galicia, una tierra a la que admitieron que ya le tenían demasiadas ganas.

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La Huella de NoSoloEsRuido

El público abandonó el recinto sin un solo "pero" en los labios, flotando en una felicidad colectiva. La estampa final de la noche resumía a la perfección el impacto de lo vivido: oleadas de gente bajando el Monte do Gozo cantando los temas en grupo a pleno pulmón, y las canciones replicándose a todo volumen desde los coches en caravana. No fue solo un ejercicio de nostalgia; fue la confirmación de que hay melodías que se quedan a vivir en nosotros para siempre. Manolo y Quimi volvieron para demostrarnos que su música sigue intacta, agradeciendo de la mejor manera posible —sobre las tablas— el habernos acompañado en los momentos más importantes de nuestras vidas.

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